“Palomita” (2022) by murasaki97

“Palomita” (2022) by murasaki97

For the “Jewish Fantasy Worldwide anthology” (forthcoming), edited by Valerie Estelle Frankel, I analysed Jewish elements in 21st century Alfredian fanfiction. One of my case studies is “Palomita” (2022) by murasaki97. With permission of the author, I republish it here.

“Es hermoso,” dijo él, sus ojos escaneando la abadía con obvio interés e impresión. Los pasillos, desprovistos de adornos innecesarios, parecían mostrar las paredes de piedra con orgullo. “¿Ya logró acostumbrarse al ambiente?”

La mujer llevó una mano hacia su pecho y tocó su crucifijo suavemente, su mirada fija en el piso mientras ambos caminaban hacia el centro del lugar. “No me ha costado mucho,” respondió luego de un momento, “el día a día se hace ameno cuando una comparte con gente similar.” Esperó hasta llegar al pequeño patio que marcaba el centro de la abadía, donde se sentaron en un banco bajo un sauce. “Es un honor además recibirlo aquí,” añadió, mirándolo con una sonrisa gentil.

Alfred le devolvió el gesto y juntó las manos sobre sus rodillas, tomando una profunda bocanada de aire fresco. “El honor es mío,” dijo casi sin pensar. “Estar junto a una de las mujeres más reconocidas en sus campos es una experiencia espléndida. Deseo más que nada poder aprender de ti para luego compartirlo con mi pueblo. No hay arte más noble que el arte de enseñar.”

“Oh, no hay por qué,” Hild dijo, soltando una pequeña risa mientras miraba hacia el pasto; las dulces palabras del rey hicieron que sus mejillas se tornaran ligeramente rosa. “Siempre será bienvenido aquí, su Majestad; usted es uno de nosotros, como las hojas de un olivo que viven a través de los inviernos y los veranos.”

Se atrevió a mirarlo y los ojos de Alfred parecían estar escondiendo algo en lo profundo, pero ella nunca preguntaría qué – no sería apropiado. Observó atentamente sus duras facciones y, muy a su pesar, imaginó que su piel sería suave al tacto a pesar de su barba. Él la miraba con el mismo grado de atención, pensando en cómo se sentiría pasar su mano por su cabello rubio. Ambas expresiones, sin embargo, permanecían serias.

El intercambio no duró más de dos segundos, pero para cada uno de ellos podría haber sido una hora completa. Hild no tardó en darse cuenta de lo que ocurría y, con algo de vergüenza en su corazón, se aclaró la garganta. “Trajo los libros, ¿verdad?”
“Por supuesto,” contestó Alfred antes de darse vuelta y pedirle al guardia que los acompañaba el paquete que cargaba.

Desenvolvió dos tomos pesados de la Biblia, uno en hebreo y otro en griego. Poniendo todo en el trabajo que tenían delante, se abocaron a estudiar los textos. Alfred hablaba animadamente sobre cómo poder interpretar correctamente ambos textos para combinarlos y sacar más provecho de los mismos, aunque también defendía las traducciones literales de los textos hebreos y quería impulsar más su uso. Se lamentaba por no poder leer bien el idioma, pero aseguraba que Asser, su confiable sirviente, le había ayudado también con los textos en latín.

“Pedí que me enviaran libros francos,” explicó con un cierto grado de decepción, “pero nunca llegaron.”

Su voz mientras explicaba sus ideas con tanto fervor le parecía atractiva a Hild, quien deseaba escucharlo hablar de esa forma más seguido. Sabía que ese tipo de sentimientos le traerían problemas, pero no se imaginaba que Alfred hubiese querido que sus ojos se posaran en él por mucho más tiempo.

Habían pasado ya tres horas y el sol comenzaba a desaparecer tras el horizonte, pero lo único que hizo que se dieran cuenta del paso del tiempo fue la voz firme del guardia real quien le avisó al Rey que ya era hora de volver. Ambos evitaron el pesar en sus pechos al levantarse para despedirse, pero de todas formas emprendieron el camino de vuelta.

“Fue una buena tarde, señorita Hild,” le dijo mientras volvían hacia las puertas principales de la abadía. Una suave brisa corrió entre ellos al llegar a su destino, y cuando Alfred extendió la mano para estrechar la de la mujer, la dejó ahí un momento más de lo requerido. “No te alejes mucho, mi palomita.”

El sobrenombre hizo que las mejillas de ella nuevamente se encendieran. “¿… palomita?”

“Si dice que soy la rama del olivo,” explicó Alfred con naturalidad, “entonces usted debe ser la paloma que trae la paz. ¿No es ese el orden de las cosas?”

Hild dejó salir una sonrisa suave e hizo una pequeña reverencia a modo de adiós. Alfred sonrió también y se dio vuelta para dirigirse a su caballo. Ambos sabían que volverían a verse pronto, pero ninguno podía esperar lo suficiente como para que eso ocurriera.

My name is Martine and I am writing my PhD about the Cyborg Mermaid. On this website, you’ll find blogs about autism, cyborgs, fan fiction, King Alfred of Wessex, mermaids, music & musicology, martial arts, (neuro)psychology, video games, and random nerdiness.

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